sábado, 22 de agosto de 2009

DON BERNARDINO


¿Quién es o era? Y escribo los dos tiempos de verbo, porque hay personajes que siguen viviendo aunque hayan muerto. D. Bernardino era nuestro jardinero. Viejito, siempre con sombrero de palma, chaleco aunque hiciera calor y pantalón de mezclilla. Nuestro jardín no es muy grande, pero siempre lucía muy agradable y todos los rosales , a su tiempo, florecían que daba gusto.
D. Bernardino, siempre que uno lo saludaba, correspondía semi-quitándose el sombrero: una señal de respeto, costumbre que no se sigue ahora, porque ya casi nadie usa sombrero y porque lo del respeto ha quedado un poco en el ropero de las cosas que se refunden porque ya no se usan. Ahora, la gente joven -los hombres, se entiende- si se cubre lo hace con una cachucha de beisbolista puesta al revés , o un gorro tejido que quiere ser más bien un pasamontañas a medias y que, -como dice una amiga mía- les alborota lo feo...
Pero volvamos a D. Bernardino. Tenía un buen más de 80 años. Cuando hacía su saludo con el sombrero, lucía una sonrisa bondadosa, que mostraba la falta de un diente. Tenía un ojito con párpado semi-caído y su voz era agradable, dulce, denotando un poco su procedencia oaxaqueña.
D. Bernardino y sus plantas eran un sólo concepto: estaban plenamente identificados. Las mimaba, les hablaba y estoy segura que hasta les cantaba o les reciba versos en dialecto; pero era temible con las malas hierbas a las que arrancaba de raíz y enemigo de los niños que, en sus juegos y travesuras hacían algún destrozo en el jardín. También era enérgico cuando hacía falta: quiero decir que aunque los rosales hubieran ya crecido mucho y florearan, de pronto -él sabía cuándo- les metía tijera y quedaban los puros tronquitos ante nuestra sorpresa. "¿Por qué podó tanto los rosales, D. Bernardino?" "Porque ahora es su tiempo; ya verá en unas semanas cómo florecen". Y así era. A mí me recordaba a las mamás que llevan a sus chamacos al dentista para que les pongan frenos, y así evitar que tengan dientes de castor; así, al poco tiempo se pueden sonreir bastante mejoraditos...
D. Bernardino, a las 5.00 de la mañana iba a los Viveros de Coyoacán, a tomar su clase de gimnasia, para enseguida tomar otra de baile de salón... (casi no lo queríamos creer cuando sus hijas nos lo contaron).
Hace unos años, un grupo de señoras amigas, le pagaron su boleto de avión y estancia en un campamento, para que viajara a Roma, a la beatificación de Monseñor Josemaría Escriva de Balaguer ( ahora ya santo canonizado). No se lo quería creer, y menos su familia. Total, que se fue incluído en un simpático grupo de jóvenes, resguardados por un sacerdote. Le escogieron un asiento junto a la ventanilla. El viejito iba feliz. Alguien le prestó un cámara y dio instrucciones para usarla. Ya en pleno vuelo, sobrevolando unas blancas y espesas nubes, aprestó su cámara y se dispuso a dispararla. El sacerdote que viajaba junto a él, le dijo: "No desperdicie sus fotos: ahorita no se ven más que nubes". "¡Pues por eso -repuso D. Bernardino-, por eso las quiero sacar!. Nadie me va a creer en mi casa que iba yo en el cielo, arriba de las nubes..." Pues sí, nadie en su casa se lo iba a creer; pero ahora, D. Bernardino está efectivamente -estamos convencidos- en el cielo, arriba de las nubes y, seguramente, cuidando un enorme campo de rosales...